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DOS LIBERALES: EUGÊNIO GUDIN (1886-1986) Y ROBERTO CAMPOS (1917-2001) FRENTE A LA ECONOMÍA BRASILEÑA

DOS LIBERALES: EUGÊNIO GUDIN (1886-1986) Y ROBERTO CAMPOS (1917-2001) FRENTE A LA ECONOMÍA BRASILEÑA

ROBERTO CAMPOS, EL ECONOMISTA Y DIPLOMÁTICO QUE ILUMINÓ LOS SENDEROS PARA SUPERAR EL ESTATISMO EN BRASIL


EUGÊNIO GUDIN (1886-1986), EL PATRONO DE LOS ECONOMISTAS BRASILEÑOS

La finalidad de este artículo consiste en darles a los participantes en el Seminario “Conociendo al Brasil”, programado por la Embajada de Colombia en Brasília, bajo la dirección del embajador Darío Montoya, una visión sintética de los principales retos que enfrenta la economía del Brasil en la contemporaneidad. Este balance es hecho siguiendo el pensamiento de los dos más destacados economistas liberales que el Brasil tuvo a lo largo del siglo XX: los ex-ministros Eugênio Gudin y Roberto Campos.

Como se trata de un análisis de actualidad, inclusive para los brasileños, divulgo este trabajo en mi blog, a fin de contribuir al debate acerca de las alternativas económicas del Brasil para este milenio.

I - EUGÊNIO GUDIN: EL CAPITALISMO NATURALISTA Y LA CRÍTICA AL ESTATISMO EN LA ECONOMÍA.

Nació en Rio de Janeiro el 12 de julio de 1886 y murió en la misma ciudad el 24 de octubre de 1986. Fué Ministro de Hacienda del Brasil en 1954-1955 durante el gobierno del Presidente Café Filho. Se graduó en Ingeniería Civil en 1905, en la tradicional Escuela Politécnica de Rio de Janeiro. Fué director de O Jornal y de la Western Telegraph (1929-1954) y director general de la Great Western of Brazil Railway, por casi 30 años. En 1944 participó como delegado brasileño a la Conferencia Monetaria Internacional de Bretton Woods (Estados Unidos) que creó el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial (Bird). Durante su gestión como Ministro de Hacienda promovió la estabilización económica basada en el corte de gastos públicos. Fué autor del decreto que, a partir de la Superintendencia de Moneda y de Crédito (SUMOC) facilitaba la inversión extranjera. Por determinación suya, el impuesto de renta sobre salarios pasó a ser cobrado en la fuente. Fué profesor de Economía en la Universidad del Brasil hasta su jubilación, en 1957. Implantó, en la Fundación Getúlio Vargas, en Rio de Janeiro, el Instituto Brasileiro de Economía (IBRE) y la Escuela de Postgrado en Economía.

Desarrollaré los siguientes puntos: 1 – El Capitalismo Naturalista. 2 – La racionalidad social y el libre mercado. 3 – La irracionalidad social proveniente de la interferencia del factor político en la economía. 4 – La irracionalidad social y la planeación estatal en Brasil. 5 – Capitalismo y democracia en Brasil: perspectivas. Conclusión.

1 – El Capitalismo Naturalista.

El surgimiento del Capitalismo no tiene nada de abstracto ni de acidental: es tan verificable cuanto la aparición de la máquina a vapor de la era industrial. El nacimiento de esta era de la economía, así como sus etapas, son realidades perfectamente cognoscibles, pues constituyen hechos concretos de la historia humana. El Capitalismo Naturalista estudiado por Gudin se caracteriza porque es la etapa de la historia de la economía en que el Capital, aliado al trabajo y a ala creatividad de los agentes económicos, cede lugar a la era de la industrialización.

Esta era produce la satisfacción de las necesidades humanas básicas, haciendo que todas las naciones se interrelacionen con equilíbrio y constituyan, así, la máxima expresión de la realidad humana. El comienzo de esta etapa data del año de 1772 cuando, por primera vez, se consiguió la reducción del mineral de hierro con el coq metalúrgico, dando lugar a la producción, en larga escala, del acero industrial.

Hubo, a partir de ahí, la aparición de novedades tecnológicas, como la navegación a vapor (a comienzos del siglo XIX); la locomotora (1827); el Conversor Bassemer (1856); la electricidad industrial abundante a partir de la energia hidráulica de los ríos y cascadas (la llamada hulla blanca), a partir de 1870; el motor a explosión y la industria del petróleo (1890). Hubo, por fin un hecho educativo importante: la creación, en Francia, de la Escuela Politécnica (1794), que pasó a ocuparse de la enseñanza de las ciencias y de la tecnología. Hasta entonces, este tipo de enseñanza tenía lugar en las Academias de Ciencias, fuera de las Universidades. (Galileo, Robert Boyle, Leonardo da Vinci, Isaac Newton, Laplace y Condorcet realizaron sus descubrimientos fuera de la Universidad, en Asociaciones que eran consideradas entidades heterodoxas, como la de los “Caballeros de la Luna”). Hubo grandes avances en el área técnica y en lo relativo al progreso económico, con motivo de la explosión del Capitalismo en la era industrial.

Hubo, por outra parte, un significativo aumento de la población en Europa, hecho que es destacado por el filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955) en su obra titulada: La Rebelión de las Masas (1928). La población de Europa, según Werner Sombart (1863-1941), que entre los siglos VI y XIX había llegado a 180 millones de personas, en el corto período entre 1800 y 1914, dió un salto expresivo, llegando a 460 millones de almas. Esto se debió a la mejoría en las condiciones de salud, saneamento básico, alimentación y confort provenientes del comienzo del Capitalismo industrial. Se dió, por otra parte, la integración de la humanidad gracias a la nueva economía industrial, según destaca Gudin de la siguiente forma: “Las líneas férreas, los motores de explosión, la navegación a vapor arrancaron a los pueblos del aislamiento en que vivían, uniéndolos los por lazos de una sociedad económica en la que la producción del Planeta se difunde por el mundo entero”.

El filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804), uno de los más ilustres pensadores iluministas, en su obra titulada: Antropología, saludó la industrialización, caracterizándola como nuevo momento de la racionalidad humana. Para el pensador alemán, el ciclo industrial debería dar lugar a una pacífica convivencia de la Humanidad, mediante la construcción de la Paz Perpetua, una creación cultural que Kant denominaba “Cosmopolita”, así como la Industrialización. La Paz Perpetua terminó siendo el título de importante ensayo escrito por el filósofo de Königsberg al final de su vida (1795).

2 – La racionalidade social y el libre mercado.

Gudin sufrió la influencia de los teóricos escoceses de la filosofía política. Según él, allí en donde se instaló el Capitalismo Naturalista terminó floreciendo la racionalidade social. Como la práctica del libre mercado es la que torna posible esa forma de Capitalismo, en los lugares en los que tal libertad es suprimida, simplemente desaparece la racionalidade social. Tal tendencia teórica se remonta a David Hume (1711-1776), Adam Smith (1723-1790) y sus seguidores en Francia, Destutt de Tracy (1754-1836) y Pierre-Louis Roederer (1754-1835). La política debería confundirse con la economía y la ciencia de las riquezas sería la clave para encontrar la armonía social.

Con todo, Gudin estaba lejos de reducir la economía a la política. A pesar de admirar la obra de Augusto Comte (1798-1857), por el hecho de haber sistematizado la ciencia social y de poner en orden los estudios sobre fenómenos económicos, criticaba, con todo, el “despotismo ilustrado” getuliano, de inspiración positivista, y se afilió a la Unión Democrática Nacional (UDN) para explicitar su espíritu de combate contra cualquier tipo de estatismo.

Gudin seguía la opinión de Werner Sombart, para quien la economía era una realidad compleja, fruto de la suma de una multitud de economías individuales que defienden su proprio interés. Son múltiples las variables que, además de la economía, explican la complejidad de la vida social. El Capitalismo autorregulador era, para Gudin, “la mayor obra civilizadora que el espíritu humano ya concibió y creó”. El Capitalismo debería superar las crisis, controlando el proceso de creación de riquezas, mediante la incorporación de nuevos avances tecnológicos, como la automación, por ejemplo.

Gudin hace referencia al papel de dinamizadoras de la producción que pasaron a tener, en Europa, las Instituciones de Crédito, así como las Sociedades Anónimas. Por outra parte, centra la atención en el equilíbrio al que llegaron las economías europeas con las de los países que recibían sus produtos industrializados, a trueque de las commodities que los menos favorecidos exportaban.

3 – La irracionalidad social proveniente de la interferencia del factor político en la economía. La guerra.

La Primera Guerra Mundial vino a quebrar el desarrollo equilibrado del Capitalismo Naturalista, debido a la interferencia irracional del factor político, que destruyó el equilíbrio del sistema. La irracionalidad del factor político, portador de pasiones y ambiciones humanas, comprometió la racionalidad introducida en la sociedad por la variable económica. El equilíbrio natural es proprio de la lógica interna de la economía, así como la posibilidad de la quiebra del equilíbrio es exterior a ella. La Primera Guerra Mundial explica el caos económico que siguió al proceso de desarrollo armónico del Capitalismo en la “Belle Époque” (entre 1875 y 1914).

Gudin se afinaba con la intervención moderada del Estado en la economía formulada por John Maynard Keynes (1883-1946). Pero criticaba la fuerte intervención estatizante impuesta por Getúlio Vargas (1883-1954), en su larga permanência al frente del poder (entre 1930 y 1937 y entre 1951 y 1954). Gudin criticaba, por outra parte, la versión estatizante que, de las reformas keynesianas, fué elaborada por el economista argentino Raul Prebisch (1901-1986) y que terminó inspirando al pensamento de la CEPAL, habiéndose diseminado en la América Latina, dando lugar a reformas estatizantes que terminaron siendo puestas al servicio de los diversos populismos que florecieron en nuestro continente a lo largo del siglo XX y – como observamos actualmente - que se manifestam, también, en los diversos modelos neopopulistas que les tornan difícil a vida a los ciudadanos de esta parte del mundo.

La Segunda Guerra Mundial dió lugar a nueva crisis en el seno del Capitalismo, por fuerza del hecho de que no fueron solucionados convenientemente los problemas que originaron la Primera Guerra. Gudin participó en la Conferencia de Bretton Woods (agosto de 1944). Conocedor, por sus investigaciones, de las propuestas que haría Keynes, salió fortalecido de la cumbre como un economista afinado con los nuevos tiempos.

Antes de regresar al Brasil visitó, en compañía de Otávio Gouveia de Bulhões (1906-1990), la prestigiada Facultad de Economía de la Universidad de Harvard. Allí tuvo oportunidad de discutir con los scholars norteamericanos el proyecto de la Facultad de Economía de Rio de Janeiro, que le fuera encomendado por el Ministro de Educación Gustavo Capanema (1900-1985), y para cuya ejecución había sido designado a comienzos de 1944. El resultado de la visita es relatado en carta dirigida al Ministro: “Escribí en el tablero el programa y el proyecto de currículo que le recomendamos, para someterlo a la crítica de todos y para recibir sugerencias de los maestros. Tengo la satisfacción de comunicarle que después de que hicieron varias preguntas y de que pidieron explicaciones, todos los profesores de Harvard consideraron excelente el programa, diciendo que no había nada para modificar” [apud Schwartzman, 1984: 224].

Por sus esfuerzos en la divulgación de los Cursos de Economía, Eugênio Gudin es considerado el patrono de los economistas brasileños. Em 1948, Gudin y Gouvêa de Bulhões lideraron el grupo de economistas que creó la Revista Brasileira de Economia. En 1951, ese mismo grupo creó el Instituto Brasileiro de Economia y en 1952 asumió el control de la revista Conjuntura Econômica. Gudin dió clases de Economía en la Universidad del Brasil hasta 1957, cuando se jubiló. Posteriormente, él fué vice-presidente de la Fundación Getúlio Vargas, entre 1960 y 1976.

4 – La irracionalidad social y la planeación estatal en Brasil.

De acuerdo con Gudin, Getúlio Vargas puso en funcionamiento un sistema económico de intervención directa y prolongada del Estado en la economía. La adopción de políticas intervencionistas, a fin de sanear la economía en depresión, fué más allá de lo recomendado por Keynes. En la larga polémica sustentada con motivo de la adopción de la idea de planeación en la economía brasileña, con el economista Roberto Simonsen (1889-1948), en el seno del Consejo Técnico de Economía que asesoraba al Presidente de la República, Gudin dejó claro que la planeación se enraizaba en el intervencionismo del ultrapasado ciclo mercantilista del período pombalino (siglo XVIII). El Plan se oponía a la libre iniciativa.

Ahora bien, con la adopción de la planeación, el gobierno comenzó a privilegiar aquello que los burócratas consideraban importante, pasando por encima de las leyes del mercado. Sucedió esto en el Estado Novo (1937-1945) de Getúlio Vargas, en el “Plano de Metas” del gobierno de Juscelino Kubitschek (1956-1961) y en las “Grandes Obras” de los gobiernos militares (en el dilatado período de 1964 a 1985). En todas estas etapas, la meta fué la introducción de una visión industrialista, concediendo generosos subsidios a los empresarios paulistas especialmente, descuidando la modernización de las actividades agrícolas que permanecieron estancadas y que, si fuera de outro modo, habrían permitido un desarrollo equilibrado y no inflacionario, como ocurrió en el interior de los Estados Unidos de América entre mediados del siglo XIX y mediados del XX.

Las “glebas” de tierra que fueron concedidas por los militares a colonos provenientes especialmente del sur del Brasil, con miras a fomentar la colonización de la Amazonia, que fué rasgada con carreteras construídas a pleno vapor, para solucionar la cuestión estratégica de la “circulación” o “integración productiva” señalada por el sociólogo Oliveira Vianna (1883-1951), terminaron no produciendo el efecto deseado de garantizar una ocupación productiva de las nuevas tierras. Quedó faltando la infraestructura de negocios (solucionando la cuestión fundiaria, que quedó en veremos) y el descubrimiento de los colonos con verdadeira vocación empresarial. Esto a pesar de que el gobierno del mariscal Humberto Castelo Branco (1897-1967) promulgó el Estatuto da Terra en 1964, que sería el primer empujón para regularizar la posesión de la tierra en la región amazónica.

Fueron olvidadas inmensas poblaciones en el Norte, en el sequísimo interior del Nordeste, de Minas Gerais y en el Centro Oeste del país, que pasaron a mendigar subsidios a los dueños del poder. Los militares trataron de hacer algo para mitigar ese atraso, pero optaron por la solución equivocada: gracias al famoso “Paquete de abril de 1977” del general Ernesto Geisel (1907-1996), fueron contempladas con mayor representación en el Congreso esas regiones, habiendo quedado sujetas, con todo, al tradicional “voto de cabresto” que solamente beneficiaba a las oligarquías locales. Ese sombrío panorama se extiende hasta nuestros días y es responsable por el hecho de que el Poder Legislativo no salga de las manos de corruptos oligarcas regionales y estaduales, que integram mayorías que solamente se mueven con el dinero que reciben del presupuesto de la Unión y que integram el famoso “Centrão”, que todo lo negocia.

El Partido de los Trabajadores, bajo el mando de Luiz Inácio Lula da Silva (1945-) vió en esas muchedumbres interioranas en manos de las oligarquías, una masa de maniobra estratégica para conquistar el poder y mantenerse indefinidamente en él, con los votos de los descamisados. Fué así como Lula, a partir de su primer mandato, amplió la ayuda federal directa a esas masas olvidadas, con la llamada “Bolsa Familia”, que tenía como principal finalidad fidelizar los olvidados para reforzar el electorado del PT. Después de los dos gobiernos de Lula y durante el primer gobierno de Dilma Rousseff (1947-) los datos eran astronómicos: em 2013 el Programa “Bolsa Familia”, desarrollado con ayuda técnica del BID y del Banco Mundial, beneficiaba a 55 millones de personas (12 millones de familias correspondientes al 27% de la población del País), con um costo anual de 12.242 millones de dólares (equivalentes al 0,51% del PIB).

Volvamos al ciclo militar. El primer gobierno castrense, presidido por Castelo Branco, por lo menos despertó para la importancia de la modernización agrícola, al tratar de resolver, como señalamos anteriormente, la cuestión fundiaria con el Estatuto da Terra, de 1964. Pero luego esa iniciativa sería abandonada en aras de la privilegiada política de industrialización, que concentró todos los recursos oficiales. Lo que se dió en Brasil fué el erróneo crecimiento del Estado a la sombra de la idea de Planeación, mermándole libertad a la iniciativa privada y enterrando la productividad con la defensa equivocada de interesses burocráticos. Gudin criticaba decididamente esta aberración estatizante.

5 – Capitalismo y democracia en Brasil: perspectivas.

La posición de Gudin frente al movimiento de 64 era clara: la deposición de João Goulart (1919-1976) por los militares tenía plena justificación, pues la República Sindical pretendida, irresponsablemente, conduciría a la bolchevización del País. Se trataba, también de reaccionar contra la corrupción generalizada y la quiebra de la jerarquia en las Fuerzas Armadas, estimulada por las consignas populistas del presidente.

Todo el movimiento contra las Instituciones Republicanas estaba escondido bajo el manto de una serie de reformas que miraban a la instauración del “poder popular”. A respecto de los motivos que inspiraron al movimento militar, destacaba Gudin: “Lo que la revolución pretendia no era la reforma de la Constitución, ni la reforma agraria, ni la reforma bancaria, ni la reforma electoral e ‘tutti quanti’. El objetivo de la revolución era desalojar del gobierno a los malos brasileños que estaban destruyendo la civilización cristiana, en síntesis, la propia civilización, la cultura, el carácter y la prosperidad económica del País; era declarar la guerra a muerte a la corrupción, a la demagogia, a la bolchevización y a la improvisación. Y tratar de restaurar aquello que había sido demolido”.

Gudin saludó con alegría las primeras medidas económicas del nuevo gobierno, que miraban a controlar la inflación y a poner la casa en orden, en el terreno de la contención del gasto público. Sin embargo, para él, la acción saneadora de los gobiernos militares, al abrirle la puerta al desarrollo capitalista, liberándolo de las trabas socialistas, no logró llegar a la finalidad esperada, a causa de la presencia perniciosa, en la gestión económica, de la práctica de la planeación, concretizada en el correspondiente Ministerio. Para Gudin, la planeación puede ser entendida en sentido lato o em sentido estricto. En sentido lato, se entiende como la programación de gastos y es válida. En sentido estricto, se entiende como meta definida politicamente y no es aceptable desde el punto de vista liberal.

La importancia creciente que el Ministerio de Planeación ganó en los gobiernos militares, esa fué la causa fundamental que llevó a que se perdiera la dinámica económica injertada en el árbol de la economía por el movimiento de 64. Comentando las reformas hechas en 1966, en el terreno de la política económica, que colocaban al Ministerio de Planeación como canal de intervención política directa del Poder Ejecutivo en la economía, destacaba Gudin: “Es inaceptable que el Ministro de Hacienda se limite a decir que ‘en su sector’ está siendo ejecutada la política cierta, lavándose las manos como Pilatos (...). En el proyecto esa falta es sugerida, en parte, por el Ministerio de Planeación y Coordinación Económica. (...). El artículo 3º del decreto le confiere al Ministro de Planeación la incumbencia de ‘auxiliar directamente al Presidente de la República’ en la coordinación, revisión y reformulación de los programas sectoriales. Pero eso constituye una forma indirecta, imprecisa y un tanto subliminar, inadmisible en materia de capital importancia como es la ejecución de la política económica del gobierno. (...). El Ministerio de Planeación deja de ser un ‘Ministerio extraordinário’, como hasta ahora lo ha sido, para ser un Ministerio permanente, encargado de formular y coordinar los planos y programas de la acción gubernamental”. Para Gudin, estaba claro que las leyes del mercado estaban siendo substituídas por las prioridades fijadas, desde el ángulo político, por el General-Presidente de la República.

Cuáles serían las perspectivas que, según el centenario economista liberal, le quedarían al Brasil, en lo que restaba del siglo XX que con él se extinguía? Para Gudin solamente quedaría el “vuelo de cucarrón” o “de gallina”, con arremetidas vacilantes y caídas repetidas, por fuerza de la presencia tuteladora del poder político sobre las leyes del mercado que, de forma errada, fijaba metas parciales de desarrollo económico en el terreno de la industria, sacrificando sectores esenciales como el agrario.

Fiel a su liberalismo económico ortodoxo, escribía Gudin: “Tanto cuanto yo he podido investigar, el hombre comúm sólo consiguió una mejoría persistente en su patrón de vida, en aquellos países que adoptaron las técnicas del libre mercado, como medio para la organización de su actividad económica. (...). No conozco un solo ejemplo de una sociedad predominantemente colectivista o de planeación central, que haya logrado una mejoría substancial y persistente en sus condiciones de vida. (...). La seducción del ‘Plan’ radica en que él trata de invertir y gastar, lo que es sumamente agradable, mucho más que administrar y corregir lo que está equivocado. Las energias, la capacidad y el prestigio de los gobiernos no son ilimitados”.

Conclusión.

Gudin era intransigente en la defensa de la libre iniciativa económica y en la crítica a la planeación. Censuraba fuertemente este concepto. El siguiente texto, en el que Gudin subrayó todas las palavras, da prueba de esto: “La mística de la planificación es, por lo tanto, uma derivada genética de la experiencia fracasada y abandonada del ‘New Deal’ americano, de las dictaduras italiana y alemana que condujeron el mundo a la catástrofe y de los planos quinquenales de Rusia, que no pueden tener aplicación en ningún país”.

Terminemos destacando un paradójico aspecto que dejaría muy feliz a Eugênio Gudin: como a la agricultura en el Brasil del siglo XX nadie la protegió, se desarrolló a lo largo de los últimos sesenta años, contando únicamente con el apoyo de la iniciativa privada. Colonos provenientes del sur y del sudeste del Brasil, pero también de otras regiones, comenzaron a realizar cultivos en grandes extensiones del centro oeste, del norte y del nordeste, incorporando las feraces regiones del Cerrado, en el corazón mismo del Brasil, acompañando las extensísimas llanuras del Planalto Central y de la preamazonia, haciendo fuertes inversiones en genética y en tecnologia de cultivos automatizados. Creció de una forma bastante acelerada la investigación en la mejoría de plantas y en la diversificación de produtos agrícolas, siendo que la agropecuaria extensiva acompañó ese ensanche de las áreas productivas. La industria de producción de máquinas agrícolas nunca estuvo tan acelerada en ningún país de la América del Sur.

Reconozcamos, con justicia, que hubo un sector de la burocracia oficial que acompañó toda esa mudanza: el vinculado a las investigaciones agropecuarias en la red de institutos de investigación que constituye hoy la Embrapa, que está presente en todas las regiones del interior brasileño. Esa presencia de personal técnico calificado se beneficia hoy, también, con la gran red de Institutos Federales de Investigación y Enseñanza Técnica, que están presentes en más de 700 localidades que cubren todo el territorio nacional. Se haría necesario, con todo, que tanto la Embrapa como los Institutos Federales se vieran libres, definitivamente, de la vaporosa idea de un “socialismo romántico” que aún hoy en día inspira las cabezas de algunos miembros de las corporaciones de investigadores y profesores, alejándolos de la colaboración con la iniciativa privada, que fué la que dió el gran salto de modernización del agronegocio brasileño contemporáneo.

Hoy en día, con las safras de granos recogidas en cantidades que superan los 255 millones de toneladas y con un rebaño de ganado que es uno de los más grandes del Mundo (232,4 millones de cabezas en 2017, equivalente a 1/5 del rebaño mundial estimado em 996,4 millones de cabezas, según el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos), el Brasil paga sus cuentas con el produto del Agro. Los municípios brasileños que han acompanhado esa explosión de progreso económico están presentes en la política y pretenden ocupar un espacio cada vez más significativo en el escenario del poder.

El triunfo de Bolsonaro fué una primera señal. En la medida en que las nuevas generaciones de electores vayan organizándose en partidos modernos, mudará muy fuertemente la política brasileña, ganando un perfil más conservador y con mayores ambiciones de defensa de la libre empresa y de la preservación ambiental, en un ambiente de desarrollo autosostenido, dejando para atrás a los militantes del desorden urbano y del caos rural, vinculados a mafias transnacionales como “Via Campesina” (que tradicionalmente apoya a los “Sin Tierra”, un movimiento sin registro jurídico, acogido por el PT y la Conferencia Episcopal del Brasil). Esas mafias transnacionales y el Movimiento de los Sin Tierra, han tenido siempre como meta apropiarse del presupuesto de la Unión para la agricultura familiar, sin darle importancia alguna a los programas productivos. Estas fuerzas del caos, todos lo sabemos, han sido cooptadas por los partidos de la extrema izquierda.

II - ROBERTO DE OLIVEIRA CAMPOS: CRÍTICA AL PATRIMONIALISMO Y AL ESTATISMO DE LA ECONOMÍA BRASILEÑA.

Roberto de Oliveira Campos nació en Cuiabá (Mato Grosso) em 1917 y murió en Rio de Janeiro, en 2001. Entró al Seminario Católico en Guaxupé (Minas Gerais), en donde cursó Filosofía y después, en el Seminario Mayor de Belo Horizonte, hizo los estudios de Teología. Debido a la falta de condiciones económicas de su familia, tuvo que abandonar la carrera clerical y se dedicó a la docencia en el interior de São Paulo. Muy joven, con la edad de 21 años, entró por concurso en el Itamaraty, el Instituto que forma a los diplomáticos brasileños, en donde se graduó y fué enviado para la delegación brasileña en Washington, en la condición de cônsul de tercera clase.

Aprovechó la permanencia en la capital americana para cursar estudios de graduación en Economía en la George Washington University. Como segundo secretario de la Embajada en Washington, hizo parte de la delegación brasileña en la Conferencia de Bretton Woods (1944), que dió origen al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional. Fué nombrado, después, para integrar la delegación brasileña junto a las Naciones Unidas, como segundo secretario de la Embajada, en Nueva York. Aprovechó la permanencia en esta ciudad para cursar el postgrado en Economía en la Universidad de Columbia, a nivel de Maestría.

Roberto Campos participó en la política brasileña después de la Segunda Guerra Mundial, y ocupó varios cargos públicos importantes, habiendo tenido oportunidad de cooperar en la modernización de las instituciones económicas del país. Entre los cargos que ocupó, sobresalen la Presidencia del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social y el Ministerio de Planeación en el primer gobierno militar encabezado por el mariscal Castelo Branco, en 1964. Dando continuidad a su carrera diplomática, fué nombrado embajador del Brasil en Washington y en Londres. Campos participó también en el Parlamento, como Senador en dos mandatos por su Estado natal (en los años 80) y después como diputado federal por el Estado de Rio de Janeiro (en los años 90). Fué miembro de las Academias Brasileiras de Filosofía y de Letras.

Roberto Campos, crítico del Patrimonialismo. Este constituye uno de los puntos fuertes de la meditación filosófica y política de nuestro autor. Campos fué, a mi modo de ver, uno de los críticos más sistemáticos y radicales de las prácticas patrimonialistas que establecieron, a lo largo de los gobiernos petistas (2003-2016), el fenómeno de la “Corrupción Sistémica” en la administración republicana, que no es más que gerenciar la cosa pública como negocio privado, con exclusión de todos aquellos que se opongan a esa modalidad de política típica del Patrimonialismo.

Durante décadas la figura de Roberto Campos trató de ser borrada por el stablishment en el seno del Itamaraty, porque representaba un peligro para los que se habían refugiado en el régimen de sesmarias, al rededor de una opción por el “socialismo real”, después de la derrota de los alemanes en la Segunda Guerra Mundial.

Inicialmente, cuando nuestro autor optó por habilitarse en concurso público para trabajar en el Ministerio de las Relaciones Exteriores, en pleno Estado Novo, en el año de 1938, la mayor parte de los diplomáticos brasileños se colocaba en el contexto de los defensores del Eje. Pero cuando las fuerzas de Adolf Hitler (1889-1945) comenzaron a ser destruídas por los Aliados, en la Segunda Guerra Mundial, los diplomáticos corrieron rapidamente para organizarse en torno a los representantes de las llamadas “democracias populares”, dirigidas por la Unión Soviética. Era un giro de 180 grados que dejó intacto, sin embargo, el dogmatismo y el gusto por el “poder total”. Entre los Aliados, los diplomáticos itamaratianos, por lo tanto, hicieron su escogencia al lado de los Soviéticos, que representaban a la nueva fuerza que se establecía en el mundo, contraria a los Americanos. Con relación al clima que se vivía en el Ministerio de las Relaciones Exteriores en el contexto de esa acomodación ideológica, escribía Roberto Campos: “El Itamaraty, situado en la Avenida Marechal Floriano (la antigua Calle Ancha de San Joaquín, en Rio de Janeiro), era comunmente apellidado "Butantã da Rua Larga” (haciendo referencia al ofidiario más importante del País, con sede en la ciudad de São Paulo, en el barrio del Butantã). “Son serpientes - añadía nuestro autor - pero disimulan diciendo que son lombrices – me decía uno de los colegas, el admirable escritor João Guimarães Rosa (1908-1987), que después sería mi escritor favorito”.

Roberto Campos y un grupo menor representaron, en el Ministerio de las Relaciones Exteriores, la opción por un modelo de diplomacia favorable a la democracia occidental y ajeno a la búsqueda del “democratismo” (o democracia totalitaria construída sobre la idea de unanimidad al rededor del poder y con exclusión de la oposición, versión rousseauniana que terminó prevaleciendo en el mundo comunista). Como él mismo destacaba, se convirtió en una especie de “profeta de la libertad”, a la manera de Tocqueville (1805-1859), que se caracterizaba a sí proprio como un “Juan Bautista que predica en el desierto”.

Con respecto a la opción liberal, escribía Roberto Campos en su obra autobiográfica titulada A lanterna na popa : “En ningún momento conseguí la grandeza. En todos los momentos procuré escapar a la mediocridad. Fuí un poco un apóstol, sin el coraje de ser mártir. Luché contra las mareas del nacional-populismo, anticipando el reflujo de las olas. A veces osé profetizar pero no por ver más que los otros, sino por ver antes. Por mucho tiempo, al defender el liberalismo económico, fuí considerado un hereje imprudente. Los acontecimentos mundiales, según algunos, me promovieron a la dignidad de profeta responsable”.

Nuestro autor definía su compromiso intelectual con fundamento en dos variables: opulencia y libertad, que deberían estar estrechamente ligadas para que no degeneraran en populismos irresponsables. Al respecto, Campos destacaba: “En este fin de siglo, vuelven a surgir tendencias liberales bajo la forma del capitalismo democrático. Este se basa en la convicción de que solamente mediante el mercado se alcanza la opulencia, mientras que para la preservación de la libertad, el instrumento fundamental es la democracia. Ambas, opulencia y libertad son valores deseables. El mercado puede generar opulencia sin democracia y la democracia, sin el mercado, puede degenerar en la pobreza. Conciliar el mercado, que es el voto económico, con la democracia, que es el voto político, he aquí la gran tarea de la era post-colectivista – el siglo XXI”.

Tal vez la característica más destacada de la personalidad intelectual de Roberto Campos haya sido su capacidad de reírse de sí mismo, estableciendo una sana relatividad frente a sus puntos de vista. Se definió a sí mismo, en el primer capítulo de su autobiogafía, como el “analfabeto erudito”. Analfabeto en materia de especialidades burocráticas, que lo habilitarían para una selección a cargo público. Pero erudito por una innegable formación humanística recibida en los Seminarios Católicos de Guaxupé (Minas Gerais) y de Belo Horizonte, en donde, como vimos, cursó, respectivamente, los estudios completos de Filosofía y Teología, además de haber recibido las “Ordenes Menores” (Ostiário, Lector Exorcista, Acólito). Leía con familiaridad el griego y el latín. Y forzosamente, para quien vivió por años bajo las exigencias del celibato, su iniciación sexual comenzó bastante tarde, ya en la casa de los veinte y pico años. De estas aventuras da noticia con humor Roberto Campos en su obra autobiográfica.

La formación humanística en el Seminario hizo que nuestro autor tuviera, como base de su vivencia intelectual, la comprensión de la complejidad de las relaciones sociales, anclando el estudio de éstas en la meditación profunda acerca del ser humano. Algo semejante a lo que motivó al padre del liberalismo, John Locke (1632-1704) para comprender las relaciones políticas sobre telón de fondo más amplio de las exigencias morales a partir del imperativo, de inspiración medieval, del control moral al poder. El mayor pensador del liberalismo inglês asistió a los cursos humanísticos preparatorios para la vida clerical en el Christ Church College, antes de pasar por los estudios de medicina en la Universidad de Oxford, que lo condujeron a la feliz circunstancia de haber tratado, como joven practicante, a Anthony Ashley Cooper (1621-1683), 1º conde de Shaftersbury, líder de los liberales “wighs” en el Parlamento, que se encontraba al borde de la muerte por una supuración del apéndice. Al salvarle la vida a Ashley Cooper, éste hizo del joven practicante su asesor directo. Locke entró para la historia no como médico, sino como el inspirador de la Gloriosa Revolución de 1688, que instauró el parlamentarismo y el gobierno representativo.

La formación humanística de Roberto Campos lo habilitó para, sobre este legado, entender en profundidad el mundo económico, con motivo de sus estudios de graduación en economía, realizados en la Universidad George Washington bajo la rigurosa orientación de Edward Champion Acheson (1893-1971), mientras desempeñaba funciones de segundo escalón en la embajada brasileña. Después, siendo funcionario de la embajada del Brasil en las Naciones Unidas, Campos hizo sus estudios de maestria en economía en la Universidad de Columbia, en donde tuvo contacto con las más importantes personalidades del mundo académico en esa área como John Donaldson, Arthur F. Burns, John Maynard Keynes, Gottfried Haberler, Fritz Machlup, y el papa de la Escuela Austríaca, Friedrich A. Hayek. El economista y politólogo austríaco Joseph Alois Schumpeter (1883-1950) quien acompañó la investigación realizada por Campos para su maestria, consideró que ella “era suficiente para una tesis doctoral”.

Así, el paso de Roberto Campos por la división de “secos e molhados” (nombre jocoso atribuído por los diplomáticos del Itamaraty al área de Asuntos Económicos) fué bastante positiva, habiéndolo colocado, junto con Eugênio Gudin, en la línea de frente de la formulación de las políticas económicas que se tornarían la pieza fuerte de las relaciones diplomáticas, después de la Conferencia de Bretton Woods, en 1944. Campos participó en esta reunión como asesor del equipo brasileño dirigido por el profesor Gudin.

Dos etapas pueden ser reconocidas en la formación del liberalismo económico de nuestro autor: la primera, en la cual la influencia más fuerte vino de Keynes (1883-1946) y la segunda, ya derribado el Muro de Berlín, con una aproximación mayor a la Escuela Austríaca. Pero siempre manteniendo atenta la mirada para la construcción de instituciones que condujeran el Brasil al pleno desarrollo económico, con preservación de la libertad.

Desarrollaré el tema de la crítica de Roberto Campos al Patrimonialismo en tres puntos: 1 – Una retrospectiva melancólica sobre el fracasso en la obtención del desarrollo sostenido. 2 – Un caso de cegueira patrimonialista: la política de reserva de informática. 3 – Un caso de hybris patrimonialista: el monopolio de la Petrobrás.

1 – Una retrospectiva melancólica sobre el fracaso en la obtención del desarrollo sostenido.

La despedida de Roberto Campos de la vida parlamentaria, después de 16 años como congresista (8 en el Senado y 8 en la Cámara de los Diputados), tuvo lugar en el discurso pronunciado el 28 de enero de 1999, dos años y medio antes de su fallecimiento, en octubre de 2001. Este discurso puede ser considerado, por lo tanto, como su testamento político. Podría comparar esa circunstancia con la narrada por Tocqueville en sus Memorias de 1848, terminadas pocos meses antes de su muerte, en 1859.

En los dos escritos, sus autores hacen un balance meridiano de la historia política en que participaron, habiendo sido, ambos, Tocqueville y Campos, ministros de Estado y parlamentarios. En ambas piezas cae el velo de las disimulaciones y las conveniencias y sus autores se revelan críticos despiadados de sus respectivas realidades. En ambos contextos, la proximidad del fin hace que el análisis de los hechos y de las personas se torne más descarnado y objetivo y se vislumbre, como única meta, la suerte de la Nación. Es el contexto de los dos el testimonio de una auténtica “situación limite” en la que lo único que vale es la verdad pura y simple.

Campos inicia su discurso identificándolo como una retrospectiva melancólica. Al respecto, disse: “Es tiempo de balance. Balance oportuno por la concurrencia de tres eventos: fin de siglo, comienzo de milenio y, proximamente, 500 años de la fundación de la brasilidad. Mi melancolía no proviene de añoranzas anticipadas de Brasília, ciudad que considero un bazar de ilusiones y una fábrica de déficits. La melancolía proviene del reconocimento del fracaso de toda una generación – mi generación – para lanzar el Brasil en una trayectoria de desarrollo sostenido. Continuamos demasiado lejos de la riqueza posible y demasiado cerca de la pobreza corregible. La melancolia viene también de la constatación del fracaso de toda una generación para vencer nuestra insuperable idiotez. Cuando llegué al Congreso, en 1983, elegido senador por Mato Grosso, los temas candentes del momento eran la moratoria y la recesión. Dieciseis años después, cuando me despido de dos mandatos de diputado por Rio de Janeiro, los temas inquietantes vuelven a ser la recesión y la crisis cambial. Esto demuestra que el Brasil, a pesar de ser capaz de saltos de desarrollo, no aprendió la tecnologia del desarrollo sostenido. Es un saltador de saltos cortos y no un corredor de resistencia”.

El Brasil, como Rusia, provoca perplexidad. Porque tanto uno cuanto outro país se presentan vinculados a la modernidad, pero sin romper los lazos que los amarran, con fuerza, al pasado de atraso. Al respecto, Campos destaca: “En el análisis internacional comparativo acerca del desempeño de las Naciones, en este fin de siglo, dos países provocan general perplexidad por la enorme brecha entre su potencial, que es brillante, y su desempeño, que es fosco: Rusia y Brasil. Rusia fué una superpotencia que después se sumergió, descubriendo, al final, que era apenas un país de tercer mundo con un Ejército de primer mundo. El Brasil es una potencia emergente, que aún no emergió y que se sorprende al descubrir que continúa siendo un país con un gran futuro en su pasado. Habiendo llegado a acumular el octavo PIB del Planeta, se dejó ultrapasar por la China y España, descendiendo para el 10º lugar. En términos de renta por habitante, estamos en la casa de los cuadragésimos y en el índice de desarrollo humano de la ONU que mide la calidad de vida, quedamos en 62º lugar (datos de 1995). Nuestro problema no es sólo de iniquidad distributiva, pero también de debilidad productiva”.

Cuáles serían los factores explicativos para esa complicada realidad? Según nuestro autor, tres serían los puntos que explican la paradójica situación brasileña: a - en primer lugar, las deformaciones culturales; b - en segundo término, los errores de comportamiento y c - en tercer lugar, la trampa del éxito por la mitad.

a) Las deformaciones culturales. Acerca de este punto, destaca Roberto Campos: “Las deformaciones culturales pueden ser sintetizadas en lo que yo llamo ‘enfermedad de los ismos’: el nacionalismo temperamental, que reduce la absorción de tecnología y de inversiones; el populismo, que es el arte de distribuir riquezas antes de producirlas; el estructuralismo, que subestima el papel del desorden monetario en la inflación; el estatismo, que lleva al Estado a hacer más de lo que puede en el terreno económico y menos de lo que puede, en el terreno social; el proteccionismo, que castiga al consumidor sin exigirle eficiencia al productor”.

b) Los errores de comportamiento. En lo tocante al segundo factor, Roberto Campos explica: “(esos errores) vinieron, en consecha abundante, a lo largo de la década de los 80, que no por outra razón fué llamada la década perdida. Los militares concluyeron su largo reinado con dos errores: el primero fué no haber hecho la apertura económica antes de la apertura política; el segundo fué la política de reserva de mercado de la informática, que atrasó en por lo menos 15 años nuestra modernización tecnológica. A partir de 1985, paradójicamente, la civilinización del régimen por la redemocratización, al mismo tiempo que ampliaba las libertades políticas, comprimia las libertades económicas. Hubo los planes heterodoxos de combate a la inflación – el Plano Cruzado, el Plano Bresser, el Plano Verano, todos los cuales desorganizaron el sistema de precios, seguidos por el Plano Collor, que desorganizó los ahorros. Se proclamó, en 1987, una moratoria unilateral de la deuda externa, comicamente bautizada como moratoria soberana, que destruyó el crédito internacional del país y hasta hoy es una marca negativa de nuestro historial clínico en el área financeira. Hubo, finalmente, la Constitución de 1988, que es um documento vivo de los peligros que oferece para la salud del país una enfermedad frecuente en la América Latina – la constitucionalitis”.

Ese vicio de la constitucionalitis fué rapidamente copiado, por los congressistas brasileños, de las obras tituladas: Direito constitucional e Teoria da Constituição (1977) y Constituição dirigente e vinculação do legislador (1982) de autoría del profesor português José Gomes Canotilho (1941-), que se convirtieron en una verdadeira epidemia de insensatez. Según el mencionado autor, el socialismo se puede implantar por la vía constitucional. Tal vicio, consideraba Roberto Campos, “(...) excita las utopías individuales. Nuestra actual Carta Magna es intervencionista en lo económico, utópica en lo social e híbrida en lo político. (...). En el fondo es un ensayo más de democratitis y demoscopia que de verdadeira democracia. De democratitis, porque acentúa las libertades políticas, pero priva al ciudadano de libertades económicas o de opciones sociales. Es que los monopolios estatales son una prohibición al derecho de producir, mientras que la legislación laboral inhibe el derecho a contratar y la legislación previdenciaria, al tornar obligatoria la previdencia pública, priva al ciudadano del derecho de escoger el administrador de sus ahorros. Nuestra Constitución es, también, un ensayo de demoscopia, al abrirle la puerta al pluripartidarismo caótico, debido a la ausencia de instrumentos de compactación partidista, como el voto distrital, la fidelidad al partido y la cláusula de barrera. Nacida en octubre de 1988, un año antes de la dramática transformación ideológica post Muro de Berlín, nuestra Carta Magna es un bebé anacrónico. Gastamos 17 meses para parirla y ya llevamos una década para reformarla”.

c) La trampa del éxito por la mitad. Este obstáculo se revela, según nuestro autor, en dos aspectos: la tolerancia para con la inflación y el hecho de no haber sido garantizados los cambios para darle solidez al Plan Real que buscaba, en última instancia, modernizar de una vez por todas nuestro sistema productivo.

En cuanto a la tolerancia inflacionaria, Roberto Campos destacaba: “Toleramos indebidamente la inflación – esa fuente de injusticias sociales – porque durante mucho tiempo logramos la hazaña, aparentemente imposible, de conciliar inflación alta y rápido crecimiento. Y alimentamos la loca resistencia contra la privatización, porque criamos estatales que, ineficientes para los patrones mundiales y de inexpresiva rentabilidad para el Tesoro Nacional, parecían mucho mejor dotadas que sus semejantes latinoamericanas”.

El éxito por la mitad también estuvo presente en la adopción del Plan Real, que Campos definía como “una espléndida gimnasia financeira, con éxito sorprendente en la caída de la inflación, siendo un fracaso creciente en el cambio y en el fisco”. Esto por cuenta de que el Plan no fué acompañado por las reformas necesarias, a fin de que se lograra la plena racionalidad económica. Tales reformas serían las estructurales, para dar piso firme a la economía, exorcizando los vicios del estatismo y de la inflación. “La lógica política prevaleció sobre la lógica económica”, concluye Campos. No se siguió un camino más seguro, como el que había sido recorrido por los países europeos en la implantación del euro, con el previo saneamento de las economías de los países miembros, mediante la rígida contención del gasto público.

En la última parte de su discurso, el exparlamentario identificaba cuáles serían los grandes enemigos del Brasil: “Siempre consideré que uno de los graves problemas de los subdesarrollados es su incompetencia para descubrir cuáles son los verdadeiros enemigos. (...). Los responsables por nuestra pobreza no son el liberalismo, ni el capitalismo en que somos novatos sin entrenamiento, y sí la inflación, la falta de educación básica y un asistencialismo gubernamental incompetente, que hace que los asistentes estén en mejores condiciones que los asistidos. (...). Los promotores de la inflación no son el lucro de los empresarios ni el éxito de las multinacionales, sino los monopolistas que cultivan ineficiencias y que criaron una nueva clase de privilegiados – la burguesia del Estado y ese viejo canalla que convive con nosotros desde el comienzo de la República, el déficit del sector público”.

Roberto Campos concluía su discurso centrando las baterías de su crítica mordaz en el verdadeiro enemigo: el mercantilismo patrimonialista. Decía al respecto: “Es más fácil decir lo que el Brasil no debe temer, que lo que el Brasil debe hacer. El Brasil no le deve temer a las amenazas del neoliberalismo, ya que, según análisis comparativo de los grados de libertad, hecho por varios institutos económicos internacionales, aún somos un país con bajo grado de libertad, comparativamente no sólo con vecinos de la América Latina como Chile, Argentina y Perú, pero hasta con ex-miembros de la Cortina de Hierro como Hungría y la República Checa. Tenemos aún graves vicios dirigistas, con limitaciones para la acción empresarial, un régimen tributario complejo y punitivo, una legislación laboral minuciosa y tuteladora y hasta recientemente enormes controles cambiales. Ni siquiera se puede decir que el Brasil es víctima del capitalismo salvaje, pues no salimos aún del mercantilismo patrimonialista. (...). Lo máximo que podríamos decir es que estamos en una etapa post-dirigista y pre-liberal, en una lenta transición de un capitalismo de estado para un capitalismo competitivo”.

En las varias globalizaciones que la Humanidad conoció desde el Imperio Romano, la actual, centrada en la universalización comercial, tecnológica y financeira, puede ser encarada de forma positiva por el Brasil, desde que sus élites cumplan con el deber a que están llamadas. Los países víctimas de la volatilidad son aquellos que no se prepararon y que “tenían desequilíbrios fundamentales, sea en el sector privado, como en Asia, sea en el sector público, como en la América Latina. En el continente asiático escaparon al vendaval Cingapur, Taiwan, Australia y Nueva Zelanda. En nuestro continente, Chile y Argentina, que tenían un razonable equilibrio fiscal y orientación exportadora. En el Brasil, los desequilíbrios eran evidentes, tanto en lo tocante a la tasa cambial, cuanto en lo relativo al desorden en el sector público. Los descontentos con la globalización se olvidan de que nunca en la historia humana tanta gente logró escapar a la miseria, especialmente en Asia”.

2 – Un caso de ceguera patrimonialista: la política de reserva de informática.

Una burrada colectiva vinculada a la opción por el atraso: así se puede describir el clima que se apoderó de la alta cúpula del Estado brasileño, con motivo de las discusiones motivadas por el proyecto de creación de la Secretaría Especial de Informática, a lo largo del período que se extiende entre 1975 y 1986. En agitadas deliberaciones que más se parecían con sesiones inquisitoriales contra el progreso de la tecnologia, en un terreno tan sensible cuanto el de la informática, el Brasil hizo una opción por el atraso.

Gilberto Paim (1919-2013), economista y periodista que acompañó a Roberto Campos en esas jornadas como su secretario en el parlamento, describe, de la siguiente forma, el clima de xenofobia monopolista que se instaló en los altos escalones del gobierno, en 1975, recordando la arcaica mentalidad del patrimonialismo pombalino: “Así puede ser descrita la trayectoria de la política nacional de informática, oficialmente lanzada en 1975, pero sin una clara definición de las líneas principales de la política del sector. Esa definición no demoraría en tornarse pública, ganando la marca de la intolerancia y de la intransigencia, impregnada de fanatismo. En la residencia de un joven ministro del gobierno Geisel, se reunieron, en 1976, algunas figuras del primer escalón, para deliberar al respecto de la intención de la IBM de producir en el país un microcomputador que tenía éxito en el mercado externo. Era el IBM-32, que acabó siendo rechazado por la mayoría de los presentes en aquel encuentro. En busca de conciliación, la empresa propuso que el computador fuera fabricado en el Brasil, apenas para ser vendido en el mercado externo, asumiendo el compromiso por escrito de que ninguna de sus unidades sería colocada en el país. Nuevo rechazo, a pesar de que si la propuesta fuera aceptada garantizaría la entrada de divisas en una etapa en que enfrentábamos serias dificultades en la balanza de pagos. La IBM fué a producirlo en el Japón, en donde el mini ganó el nombre de IB-36, y fué vendido en el mercado interno japonês y en el resto del mundo. La decisión constituyó un tremendo éxito de ventas. Lo mismo sucedió con la propuesta de la Hewlett Packard de fabricar aquí su HP 3000, cuya producción fué finalmente transferida para México, Corea del Sur y la China comunista. El rechazo a la nueva tecnologia estaba consagrado. Ninguna de las grandes empresas de informática del Mundo logró autorización para fabricar aquí micro o minicomputadores. Quedaba en pie el gran principio de la autonomía tecnológica, que debería ser conquistada por medios propios, terminantemente excluída la colaboración extranjera. Los fundadores de esta política fueron ministros civiles. Los militares quedaron encantados con esta decisión y asumieron el control de la política creando, en 1978, la Secretaría Especial de Informática (SEI), órgano que se caracterizó por la intransigencia en la gestión de los más diversos asuntos de la infinita área de la electrónica” [Paim, Gilberto. 2002: 79].

Roberto Campos y Gilberto Paim defendían claramente un punto de vista liberal: Sí a la libre empresa! No al proteccionismo y al obscurantismo patrimonialista! Su punto de vista representaba la sensatez y la modernidad, en medio de la marea de ignorancia y proteccionismo que se levantaba contra las libertades económicas. Lo sensato sería colocar al Brasil en un nicho de mercado posible, en la dura competencia que se daba en los cuatro puntos cardinales del Planeta, en el terreno de la informática.

Al respecto, escribía Gilberto Paim: “Como secretario parlamentario del senador Roberto Campos pude acompañar de cerca la lucha que la lucidez del pensador brasileño lo llevó a desatar contra el obscurantismo. El senador defendía basicamente la instauración de una política de estímulo a la producción de software, dejando libre el camino para la fabricación de computadores, pequeños o grandes. Aprovechando y enriqueciendo la capacidad nacional de operar en el desarrollo de soft, abreviaríamos el tiempo necesario en el domínio de la parte principal de la computación. El país disponía de masa crítica de nivel universitario, para ocupar un lugar privilegiado en la producción mundial de programas de computador. Fabricar las máquinas representaría un espacio en que fabricantes brasileños deberían disputar, con concurrentes extranjeros, los mercados interno y externo, ganando terreno, ciertamente, las empresas nacionales que fueran más ágiles en la búsqueda de asociación con empresas extranjeras de vanguardia, en la aplicación de tecnologías de punta. En los países desarrollados, el computador era pieza obligatoria en las escuelas de todos los niveles. En los Estados Unidos, hasta niños en los cursos de alfabetización aprendían a lidiar con esas máquinas. En el Brasil de los años 1980, no había computador en ninguna escuela primaria o secundaria” [Paim, Gilberto, 2002: 80].

Gilberto Paim recordaba la fina ironía del senador Campos cuando, comentando el rechazo del gobierno a la entrada de la industria cibernética, destacaba los “beneficios que el cierre del mercado brasileño traía para varias naciones, por el hecho de tener un concurrente menos. Pues Escocia, Irlanda, España y otras naciones llegaban a subvencionar las industrias de alta tecnología, sin preocuparse con el origen de los capitales” [Paim, Gilberto, 1986: 76]. El problema, ciertamente, no era apenas del gobierno brasileño. Era también de las élites pensantes. Asociaciones de profesionales liberales, de docentes y de investigadores hicieron coro unísono con las propuestas retrógradas del gobierno. Parece como si la consigna del día fuera: “El atraso es nuestro!”

No fué por acaso que en la obra titulada: Guia para os perplexos, Roberto Campos dejó registrada esta definición de informática: “Alianza entre militares, izquierdistas y empresarios antidarwinianos. Estos consideran que debe sobrevivir no el más apto y sí el más protegido de la concurrencia ajena. Artificio usado para inducir a la mayoría – centenas de millares de usuarios – a subordinarse a los interesses de una minoria – pocas decenas – de industriales del sector. También usado para garantizar privilegios a los que copiaron equipos extranjeros antes que los otros. Según la secta, producir en el país sólo es bueno si el productor tiene certificado de bautismo local, siendo preferible importar, en caso contrario” [Campos, 1988: 16].

3 – Un caso de hybris patrimonialista: el monopolio de la Petrobrás.

Roberto Campos, en el prefacio que escribió para la obra de su amigo y secretario en el parlamento, Gilberto Paim, titulada: Petrobrás, um monopólio em fim de linha, afirmó acerca de la naturaleza obsoleta de la empresa petrolífera brasileña: “Atrasada en casi todo, la América Latina fué precoz en la creación de monopolios estatales de petróleo. La primera fué la Argentina, en 1922, que es también hoy la más radical en la privatización. Le siguió México, en 1938. La Petrosauro sólo fué creada en 1953. Un hecho curioso es que, tanto en Argentina cuanto en Brasil, los ideólogos principales del estatismo fueron generales: allá el general Enrique Mosconi (1877-1949) y aquí, el general Júlio Caetano Horta Barbosa (1881-1965). Compartieron, ambos, dos cualidades que se encuentran en los militares latinoamericanos: nacionalismo rabioso e incompetencia entrenada. Esos dos ciudadanos veían en el petróleo no uma commodity económica, y sí una mezcla de símbolo político y ungüento religioso. Si los dinosaurios biológicos fueron destruídos por un meteoro cósmico, los dinosaurios burocráticos entran en extinción por el impacto de dos meteoritos y un meteoro económico. Los meteoritos fueron los dos choques del petróleo (1973 y 1979). El meteoro, que mudó el clima mundial con desventajas para el estatismo, fué el colapso del socialismo, em 1989. Los meteoritos tuvieron dos efectos: desatar la búsqueda por nuevas fuentes de petróleo, tornando flexibles las restricciones nacionalisteras, y promover la conservación de energía, reforzada ésta por preocupaciones ecológicas” [Campos, apud Paim, Gilberto. 1994: 10].

Para Roberto Campos, de nada le sirve a un país tener recursos naturales si sus líderes no poseen inteligencia para gerenciarlos y si las personas que integram la Nación no tienen disposición para trabajar y producir riquezas, a partir de los bienes recibidos de la Naturaleza. Campos recuerda el principio formulado por el empresario japonês Akio Morita (1921-1999), presidente de la SONY, a quien conoció em 1964: “Lo que cuenta en el desarrollo son tres cosas: materia gris en el cerebro, puertos profundos en el mar y (...) amenazas a la sobrevivencia” [Campos, 1994: 546, nota 232].

En vísperas del golpe de 64 que sacó del poder a Goulart en 1964, Campos consideraba que la gran crisis nacional provenía del cariz estatizante imprimido a la gestión del Estado, a partir del ciclo getuliano, vicio que había sido aumentado por Goulart, con los agravantes del descuido con las cuentas públicas y la gestión irracional del Estado, que hizo proliferar los conflitos en el seno de éste. El mal radicaba en el clima de estatismo heredado por Goulart de los gobiernos de Getúlio Vargas. Una de las peores manifestaciones fué el ambiente nacionalisteiro (mezcla de dos vicios: nacionalismo exacerbado y populismo) en que entró con fuerza el getulismo, y en el cual fué resuelta la cuestión de la Petrobrás. A la luz de la experiencia habida en los foros internacionales, Campos consideraba que el camino para dotar al país de recursos energéticos no era, necesariamente, el de la creación de estatales improductivas y monopolísticas. Lo que una gran potencia mundial como los Estados Unidos hacía era dinamizar una política clara y objetiva de explotación de recursos naturales, con apertura para capitales internacionales. “Me convencí entonces – destaca – de la extrema urgencia del desarrollo del petróleo nacional, en el más corto plazo posible, poco importando el origen de los capitales” [Campos, 1994: 75].

Así concluía Roberto Campos sus reflexiones sobre la Petrobrás: “Los modelos de mobilización restrictiva nunca fueron, por lo demás, de mi simpatia. Luché contra el monopolio de la Petrobrás por juzgarlo un modelo de mobilización restrictiva. Luché después contra la Ley de Informática, de 1984, porque se basaba en el mismo principio de rechazo a los capitales extranjeros, en el seno de uma pretensión irreal de autonomía tecnológica. Caímos en una especie de aislamiento tecnológico muy perjudicial. Luché también, en la Constituyente de 1988, contra el tercer modelo excluyente – la exigencia de mayoría de capitales nacionales en la explotación mineral. Esta exigencia es extremadamente arriesgada y poco atrayente [Campos, 1994: 75].

Conclusión.

Termino estas páginas poniendo de relieve un hecho indiscutible: si Roberto Campos pareció haber sido derrotado por sus contemporáneos, sin embargo permanece vigente, hoy en día, su punto de vista liberal de crítica al patrimonialismo y de defensa de los ideales liberales de la libre empresa y de la responsabilidad en la gestión del Estado, abriendo camino para la democracia económica que, sumada a la reformulación de las instituciones políticas, garantizará, para las próximas generaciones, ver concretizado el ideal de la modernización plena del Brasil.

El profesor Reginaldo Teixeira Pérez sintetizó, de forma correcta, a mi modo de ver, el legado vivo de Roberto Campos, resumido en las siguientes palabras: “Las ideas de Campos tuvieron poca resonancia en un momento de gran repercusión pública con el retorno de la democracia. Pero la persistencia de la crisis, en la segunda década del 80, ya estando el país en manos de los civiles, propició, a los nuevos controladores del Estado brasileño, una mirada con menos prejuicios frente a las recetas ortodoxas del economista. La adopción, por el gobierno Collor, al comienzo de los años 90, de parte de las ideas de Campos fué, según él próprio pensaba, catastrófica; para él, el neoliberalismo habría sido desacreditado – debido a las carencias éticas del referido gobierno - sin haber sido practicado. Sin embargo, de los años 80 a los 90 hubo una verdadeira revolución ideológica: la crisis del bloque socialista condujo a la hegemonía de los ideales liberales. Ahora, no apenas la derecha defendía la sociedad de mercado, sino también los partidos de centro. Campos fué un vencedor. Su muerte, a los 84 años, tal vez preste un auxilio – ahora, de modo menos estereotipado – en la definición de la calidad de su estadismo” [Pérez, 2001: 2]

Las crisis del “Mensalão” y del “Petrolão”, que colocaron al Brasil en el pozo de la corrupción sistémica, dió lugar a la valiente respuesta de segmentos significativos de la sociedad brasileña y a la vuelta a los ideales liberales de control sobre el gasto público, de seriedad fiscal y de valorización de la libre iniciativa, aliados a las urgentes reformas hoy en curso, que miran a colocar, definitivamente, el Estado a servicio de la sociedad, abandonando la práctica secular de servirse de las instituciones republicanas para el proprio enriquecimento. En este gran esfuerzo vuelven a brillar, por entre las nieblas de estos tiempos confusos y agitados, las ideas de Roberto Campos como la “linterna en la popa” que nos guía en las aguas tempestuosas de este milenio.

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